madrastra

¡Arriba la pestaña, abajo los espejos!

Todas las niñas tienen una princesa Disney favorita, bueno, casi todas que está mal visto generalizar. Yo también tengo la mía. La elegí porque me parecía la más real, una rarita como yo que puede leer hasta darse contra la farola y ¡oh! además morena y con tendencia a enamorarse de mostruitos (sí, tienen mucho más encanto que los príncipes, ¡dónde va a parar! ).

Lo que no es tan común que tengan es una villana de cabecera. La mía me eligió. Hay que reconocer que la envidia es uno de los males más generalizados de nuestro tiempo y ella la luce como nadie. Por las mañanas me levanto, cojo lo primero que pillo en el armario procurando que tenga un toque disonante debido a mi  manía hacia las simetrías y las cosas que conjuntan al 100% y me dirijo hacia el cuarto de baño. Allí está él, mi horroroso y cochambroso espejo de focos dorados que me mira pensando que yo también estoy horrorosa y cochambrosa. Salgo a la calle y se me olvida pero me apunto que tengo que comprarme aquel maravilloso espejo de camerino con el que llevo tanto tiempo soñando.

Una resplandeciente rubia capta mi atención y me hace tenerla manía por ser tan asquerosamente alta, delgada, guapa, divina, platina y demás familia pero me apuesto 5 euros ( mejor 1 que estamos en crisis) a que mi admirada Barbie odia a su espejo lo mismito que yo al mío. Ya ves, la hermana de carne y hueso de Lidia la de Beetlejuice y Barbie tienen algo en común además de su lustrosa cabellera y no, no son las ojeras, sino ese enemigo cruel que nos muestra lo que nosotras creemos ver.

¿Era tan malvada La Madrastra? ¿No es una más entre un montón?

Mientras tanto, Blancanieves se pasea sonriente ajena a su reflejo, luciendo su blanca palidez y rodeada de encantadores enanos a los que se les cae la baba cuando la miran. Y todas odiamos a Blancanieves. No por ser la más bella del reino sino porque no tiene problemas con serlo o no. Es feliz, sin más.

Mañana, cuando me despierte llena de sueño y de cuerpo de lunes, haré mi puntual visita al malvado y, sin dejarle que diga ni mu, me pintaré la pestaña y le amenazaré con que muy pronto mi adorado espejo de camerino ocupará su lugar.