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Tras un tiempo de cambios internos en la vida de la que aquí os escribe, vuelvo a desafiar a Murphy, el cual parece que este año se ha hecho amigo mío y no quiere dejarme ni a sol ni a sombra. Los cambios nos aterran, eso suele ser así, sobre todo cuando suceden a un periodo de calma chicha en la que por lo único que tienes que preocuparte es por hacer que la rutina no sea tanta rutina. Hay cambios que eliges y cambios que te vienen impuestos. Se puede decir que me estoy haciendo un máster en los 2 tipos.

Los cambios que eliges pueden ser jodidos, no lo voy a negar, pero sarna con gusto no pica. Normalmente son producto de la reflexión y sueles encontrarte más preparado para enfrentarte a ellos.

Los cambios impuestos, a priori, resultan una jodienda, pero puede que con el tiempo descubramos que son solo un punto de inflexión que al final nos enseñará algo.

Hoy es más cierta que nunca la frase de áquel de que “para cambiar tu vida tienes que cambiar tu vida”, eso o que Murphy la vuelva patas arriba.