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A veces no sé qué escribir pero me obligo a hacerlo para no romper el ritmo, esperando que las musas me pillen trabajando y surja El Quijote de la nada.

En ese momento el blanco se convierte en un color duro, inmenso. Cuesta horrores ir tiñiéndolo de negro y cada línea es un triunfo. Normalmente, en esos casos en los que puede más la obligación que la devoción, suele salir más paja que otra cosa. Si no tengo nada que decir, muy probablemente, no tenga tampoco nada que escribir. Podría borrarlo todo. Cerrar el cuaderno y ponerme a hacer unas lentejas, pero no lo voy a hacer. Esta vez no. Las lentejas pueden esperar.

Las ideas más brillantes se esconden en folios en blanco. De pequeña era experta en encontrar alfileres en cualquier parte, quizá ahora sepa ver la aguja entre tanta paja.

Hablar está sobre valorado. El silencio también. Escribir sólo cuando tienes que contarle algo al universo en toda su extensión, ni te cuento.

Hay días en los que no se me ocurre nada que contarte a ti pero tengo mucho que escribirme a mi.

Al fin y al cabo, como dijo aquel, aquí he venido a hablar de mi libro.