ruido

Nunca se me dio bien vivir sin ruido, el ruido de las tazas del desayuno, el del metro camino de la facultad, el del teléfono que no para de sonar, ruido de cubiertos y de gente hablando de otra gente, ruido de coches, ruido de puertas, ruido de televisión encendida hasta caer rendido en el sofá. Toda mi existencia se había basado en eso que a algunos les resulta tan molesto y que para mi es como una droga. Ese zumbido que se te mete en los oídos y te permite descansar. Los que me rodean no piensan como yo, para ellos el ruido es un ser molesto que habita cada esquina. Un día sin previo aviso el ruido cesó. Ya no se escucha nada, ni siquiera puedo oír mi interior, sólo silencio, sólo el vacío.

Me llamo Marcos, tengo 23 años y no soy alcohólico, sólo bebo los viernes, bueno y los sábado y algún que otro jueves si se tercia. Mi sueño es poder tener sueños por eso he decidido mandar a la puta mierda mi brillante carrera como ingeniero de caminos, canales y puertos para dedicarme a hacer lo que más me gusta, observar a la gente. Al principio pensé que eso no era un oficio y jamás lo sería, pero gracias a la práctica le he encontrado su utilidad. Salgo a la calle, miro y apunto, voy en el metro, miro y apunto, me llaman por teléfono, pues escucho y apunto, no te jode aquí de mirar poca leche. Ahora tengo varios cuadernos llenos de historias, quizá no sean gran cosa pero son historias, así que planeo hacerme rico cuando logré escribir el nuevo gran best-seller que convertirán a los pocos meses en una película en la que actuarán cualquier rubia tetona y el guaperas de turno, que mira que me fastidia porque luego mi chica me pide lo que no es y ya estoy harto de explicarle que el romanticismo es un cuento chino y que se deje de tonterías que no sirven más que para llenar a la gente la cabeza de pájaros.

Mi novia se llama María, poco original el nombre, pero que quieres con un padre que no sale del Atleti-Real Madrid, Atleti- Recreativo de Huelva, Atleti- su puta madre y esa es otra, su madre que de tanto teñirse y estirarse ya no le llega sangre al poco cerebro que debía tener antes de convertirse en Barbie Malibú versión Camela. Pero bueno, para ser una novia no está mal, está muy buena y apoya mi labor de observador profesional. El otro día, sin ir más lejos, me dijo que era un utópico y que por eso me quería. Ella y sus frases filosóficas, quizá por eso la quiero.

Me llamo Marcos, tengo 23 años y no sé como cojones voy a hacer para apañármelas sin ruido, es como si una tortilla de patatas no tuviera sal, pues asquerosa, así es ahora la música que suene en mi cabeza, la nada. No se si me lleva a algún lado compartir esto con vosotros pero no quiero que nadie de mi entorno se entere. María primero pensaría que estoy loco y segundo que se me ha pirado del todo porque a ver como leches le explico que ya no soy yo, que me fui hace unos meses y que desde entonces todo es silencio.

A veces creo escuchar algo y entonces me da por recordar cómo era el mundo antes de esto, cuando el caos ganaba a la tranquilidad, cuando los sueños no eran mudos y podía gritar lo que sentía. Ahora ya no siento nada y mira que me esfuerzo por sentir pero cuanto más lo intento más hecho mierda me encuentro y no se qué hacer para recuperar el ruido, el caos, el movimiento, el molesto sonido del despertador por la mañana o el traqueteo de la persiana al bajarse por la noche.

María canta, se ríe, y yo la observo y apunto pero no escucho. Me llama por teléfono y observo sin apuntar. ¿De qué me sirven los ojos si ya no hay ruido?

Tendré que hacerme amigo del silencio.