ACTO_SEGUNDO
Para conocer el principio de la historia lee el Acto I.

Busco la boca de metro más cercana y bajo las escaleras agarrada a la barandilla. Nunca se toman suficientes precauciones. Consigo sitio en el vagón, señal para que me confíe. Sacó el libro del momento y me prometo a mi misma olvidarme de mi nombre durante el largo trayecto. Las puertas se abren y se cierran. Sube y baja gente. Para mi no hay más que la lectura y el sonido del acordeón desafinado. Cesa la música y levanto la mirada. Me encuentro con dos ojos. Me observan. Me gusta.

Desde este instante la lectura ha dejado de existir, ya sólo hay dos ojos. O cuatro. Los suyos. Los míos de pez. Noto que sonrío involuntariamente y que no he pasado página en dos paradas. “Si no la paso en tres más le digo hola. O lo que me salga”, pienso.

Una. Dos. Sitio libre a mi lado. Ojos que se acercan, corazón que se acelera. Me quita el libro de las manos, lo cierra y lee el título en voz alta: “ La espuma de los días”.

Mi cara se pone más colorada que el vestido que llevo y noto como empieza a temblarme el labio superior.

– Me gusta mucho Boris Vian, digo con un hilillo de voz aguda.

Él me mira, me mira mucho y muy dentro mientras sonríe con los ojos. El tiempo pasa, como ocurre el cien por cien de las veces, y llega mi parada. Mi mente está bloqueada y mi cuerpo reacciona como el de una autómata. Me levanto, le doy las buenas tardes y salgo como alma que lleva el diablo hacia la superficie.

Y respiro. Respiro como queriéndome quedar todo el aire para mi. Levanto la cara al cielo y cierro los ojos deseando que el universo se pare y sólo existamos el aire, el sol y yo.

Al buscar las llaves de casa caigo en la cuenta de que el desconocido se ha quedado “La espuma de los días”. Otra gran fatalidad. Llevo muy mal desprenderme de mis cosas. Hace unos años le dejé a una amiga una camiseta que no me gustaba mucho, la verdad. Pero a ella, que nunca había tenido gusto, le fascinaba. Pensé que ya que me daba un tanto igual, que más daba que ella se la pusiera esa tarde. Mi amiga consiguió que la estúpida camiseta se convirtiera en el centro de atención aquel viernes dichoso. No sé si fue su estampado. No sé si fueron sus voluminosos pechos. Nunca volví a ver esa camiseta y aún hoy, un siglo y medio después, cuando la recuerdo, no puedo evitar sentir nostalgia. Por la camiseta digo, no por mi amiga,

Noté sal en mis labios y me di cuenta de que estaba llorando. Aquel hombre me había engatusado para llevarse uno de mis más preciados tesoros. Ya no lo volvería a ver nunca. Al libro digo, no al hombre.

Me quito los zapatos y me tiro en el sofá. Solo quiero dormir y despertarme en otro día de otra vida. Pero no me duermo. Decido colgar las nuevas cortinas floreadas para tener bien presente el destino que me espera. No soy nada manitas pero he de reconocer que estas cortinas me lo han puesto bastante fácil. Contemplo mi obra de arte y suspiro hondo. Me he ganado tomarme una buena merienda llena de grumos. Ahora es cuando la pesadilla vuelve en forma de polvo derramado y caigo en la cuenta de que tengo que bajar al súper del barrio si quiero tomarme mi ansiado elixir para poder aliviar mi alma.

Continuará…